Durante tres días, Rubén Rocha Moya convirtió una crisis política en una demostración de fuerza personal, aunque el resultado terminó por exhibir los límites de su margen de maniobra. El gobernador de Sinaloa reapareció el viernes último y comunicó que retomaba el cargo después de una licencia temporal. Su argumento consistió en afirmar que había acudido ante las autoridades mexicanas para responder a acusaciones que considera falsas.
El problema de Rocha Moya es que en Estados Unidos se le vinculó, junto con otros funcionarios, con presuntas relaciones con el Cártel de Sinaloa. Él ha negado esos señalamientos y solicitó licencia en mayo para comparecer ante la Fiscalía General de la República. La salida temporal pudo presentarse como una medida institucional, pero su regreso abrupto produjo otra lectura, mucho menos favorable, porque pareció una provocación dirigida a quienes esperaban una separación prolongada y a quienes exigían explicaciones sobre los cargos.
La escena tuvo todos los elementos de un espectáculo de poder. Rocha Moya volvió al despacho, difundió su decisión y actuó como si la autoridad del cargo bastara para cerrar el expediente político. Ahí apareció la contradicción central de Morena, que lleva años predicando la unión del movimiento y la disciplina de causa, aunque cuando uno de los suyos se convierte en problema de primer nivel aparece el verdadero material del que está hecho el partido.
Unos corren a defenderlo por reflejo tribal. Otros optan por tomar distancia antes de verse arrastrados por el mismo barro. Y entre unos y otros se abre una escena bastante pobre, donde la lealtad más que responder a principios, responde al cálculo inmediato sobre quién puede contaminar a quién.
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En ese punto, la reacción de Claudia Sheinbaum merece atención aparte, sobre todo porque fue bastante más clara de lo que muchos esperaban. La presidenta dejó establecido que la licencia pedida por Rocha tenía carácter definitivo en términos prácticos, aunque jurídicamente no se presentara como renuncia, y además dijo que el gobernador interino se mantendría en el cargo hasta el relevo previsto en 2027. Esa definición cortó de raíz la maniobra del regreso exprés y dejó a Rocha sin margen para prolongar el espectáculo.
No hace falta adornarlo demasiado para entender lo que sugiere ese movimiento, ya que por primera vez en un episodio de esta naturaleza la presidencia pareció hablar con mando propio y sin la ambigüedad que tantos le habían reprochado desde su llegada al cargo.
Tampoco conviene exagerar y presentarlo como una refundación del poder presidencial, porque México ha dado suficientes motivos para desconfiar de los entusiasmos repentinos. Pero sí parece evidente que, al menos en esta crisis, Sheinbaum decidió fijar una línea y hacerla valer frente a un personaje que todavía creía poder tensar la cuerda sin coste real. El saldo, en cualquier caso, vuelve a ser desolador para Morena. Rocha deja la imagen de un político cercado que confundió la resistencia con el teatro. Sus partidarios enseñaron una disciplina frágil. Sus compañeros más cautos dejaron ver que, cuando el riesgo aprieta, la solidaridad interna tiene fecha de caducidad. Y la presidencia, que esta vez sí “impuso criterio”, lo hizo sobre las ruinas de una escena que nunca debió producirse de ese modo.

